La novela policiaca suele poseer un trasfondo de crítica social; la de espionaje, en cambio, refleja más bien problemas de tipo político. Este sencillo enunciado, sin embargo, encierra mucha miga. Porque el hecho es que el tiempo y la geografía cambian la percepción de muchas cosas y de esa forma, lo que en un momento dado y en un lugar determinado se convierte en algo poco recomendable para ser publicado, parece pólvora mojada en otros contextos. Y eso es válido tanto para la novela policiaca como para la de espías.
Pongamos, por ejemplo, el caso de Fariña, el ya célebre relato de Nacho Carretero, cuya distribución quedó bloqueada por orden judicial. Aquello fue objeto de debate político, aparte de contener una potente carga de crítica sobre el alcance del narcotráfico en la sociedad circundante. De la misma forma, sucede como con los chistes: la presión de lo que hoy llamamos corrección política hace que enfoques literarios sobre casos policiales vistos como exitosos hace años, hoy no resulten tan claros. Entre otras muchas posibilidades es factible hacer la prueba con aquella célebre serie de RTVE emitida en los años ochenta titulada: La huella del crimen, que hoy podemos visionar cómodamente a la carta. Y a partir de ahí tirar hacia atrás con “A tiro limpio” de Pérez Dolz (1963) o “Brigada criminal” de Ignacio Iquino (1950).
A este tipo de temáticas se les puede dar la vuelta en uno y otro sentido: asuntos o abordajes audaces de antaño hoy parecerían cursis o incomprensibles, mientras que historias que por entonces estaban a salvo de toda crítica no han resistido el paso de los años. Es lógico que sea así: la importancia de las problemáticas en la sociedad suele cambiar según las épocas. Por eso una mayoría de títulos son olvidados, y otros permanecen como referentes literarios.
En el caso de las novelas de espías sucede lo mismo. Pongamos, por ejemplo, El agente secreto de Conrad, publicada en 1907. Por entonces, los malos eran los rusos –no aún los alemanes- porque hasta hacía bien poco esa gran potencia había sido la competidora del Imperio británico en lo que se dio en llamar el “Gran Juego”. Pero además, debido al recuerdo de la Revolución rusa de 1905, no quedaba claro para los ingleses dónde empezaba la subversión anarquista y donde terminaba la acción insidiosa del zar y su policía secreta, la Ojrana. Sin embargo, en la novela, la injerencia rusa en Gran Bretaña ocupaba un papel secundario porque lo relevante era tratar el auge de la “propaganda por la acción” anarquista. Era un relato coetáneo a los hechos y sobre todo a un fracasado atentado anarquista contra el observatorio de Greenwich, en 1894. Precisamente por ello, la novela tuvo poco éxito en vida de Conrad. Se consideraba una temática atrevida, un tanto indecente o, cuanto menos, impropia. Con el tiempo, sin embargo, devino uno de los títulos de más éxito de célebre autor.
Recordemos las novelas de Graham Greene, con esos personajes que llevan como pueden el tremendo peso de sus convicciones morales. En El factor humano, esa obra magistral, denuncia la hipocresía de los gobiernos, el poder del Estado y sus funcionarios, los límites morales de lo que las “buenas gentes” denuncian como traición. En su día, cuando fue publicada, en 1978, la novela generó su cuota de polémica, porque volvía sobre la gran vergüenza del servicio de inteligencia británico: los super traidores, los cinco de Cambridge, aquellos espías dobles de alta cuna reclutados por la Unión Soviética. Un estigma que pesa también sobre las obras de John Le Carré, ya desde El espía que surgió del frío, aparecida en 1963; justamente el mismo año en que Kim Philby, el más importante de los cinco traidores de Cambridge lograba escapar a la Unión Soviética.

Asuntos escabrosos para su época, escandalosos a veces; casi siempre polémicos. Pero que en su día la sociedad británica encajó y hasta aplaudió con su característico fair play.
Ese atrevimiento de los grandes clásicos ha servido de inspiración en Ciudad para ser herida. Quizá una de las primeras novelas que tiene como trasfondo el denominado procés o proceso soberanista impulsado desde la Generalitat ya en 2012. El escenario es perfecto para una novela de espionaje dado que a lo largo de los últimos seis años ha sido más que evidente la actuación de diversos servicios de inteligencia extranjeros en Cataluña. Es lógico que haya sido así, porque la situación de inestabilidad política y social junto con la posición estratégica de una gran ciudad como Barcelona, con su pujanza económica, por fuerza tenían que atraer la atención de todo tipo de actores externos. Además, eran los años de auge del denominado Estado Islámico de Irak y Siria, más conocido por las siglas ISIS o más despectivamente, en árabe, como el Daesh. Como parte de su estrategia de ataque, los atentados yihadistas planeados en Europa recurrían a terroristas avezados, veteranos de guerra en Siria, o a personajes marginados socialmente pero que con un arsenal doméstico podían llevar a cabo lo que se conoció como yihad low cost.
Con todo, Ciudad para ser herida no es una novela más sobre el terrorismo fundamentalista musulmán. Eso vendría a ser la segunda generación de la novelística de espionaje –con lo que tiene de intriga política de ficción- tras el sinfín de títulos con el trasfondo de la Guerra Fría. La novela que nos ocupa trata en realidad del flagelo del turbocapitalismo que es el verdadero azote de nuestra sociedad en los últimos treinta y tantos años. El capitalismo de la especulación a gran escala, de la libre circulación de capitales, de la externalización a cualquier coste, de la deslocalización de empresas, de la privatización incluso de las tareas básicas del Estado. Es la economía canalla (así definida por la economista Loretta Napoleoni) que se está llevando por delante al pequeño comercio, el Estado del bienestar, las expectativas e ilusiones de la juventud, la confianza en nuestras jubilaciones, la calidad de los productos que consumimos, e incluso nuestra seguridad personal. Estamos regresando a aquel mundo tenebroso que retrataba Dickens pero conectado y revuelto con otros ámbitos inquietantes que nadie parece ser capaz de controlar. Ni siquiera aquellos que intentan hacer fortuna con ellos de la forma más desaprensiva y cínica que se pueda concebir.
Ese es el verdadero trasfondo político de Ciudad para ser herida: no el de nuestras particulares obsesiones historicistas dentro de las cuales corremos como el hámster en su rueda (la guerra civil, la República, el franquismo), sino el de un futuro que ya está aquí, que no tiene ni quiere tener continuidad con el pasado y que amenaza con hacer de nuestras propias vidas algo del pretérito: la de usted mismo, la mía, la de Casiano, Genís, Max, Helena, Claudia y la del resto de personajes de Ciudad para ser herida. Los hechos que relata, acaecidos entre abril de 2016 y septiembre de 2017, desde luego, son ya historia.